Para Alejandro Rebolledo, el calendario ha dejado de ser una sucesión de días para convertirse en una repetición de sombras. Al cruzar el umbral del 2026, Alejandro suma su segundo año nuevo bajo las cúpulas de El Helicoide. Mientras la ciudad celebraba entre luces y el estruendo de los fuegos artificiales, dentro de la mole de cemento el silencio se volvía más denso, interrumpido solo por el eco de los cerrojos. Para él, no ha habido juicio justo, no ha habido pruebas claras, solo el paso lento de los días, meses y años en una rampa que no conduce a ninguna parte.
Esta es una historia basada en los hechos reales que rodean la figura del doctor Alejandro Rebolledo, abogado, especialista antilavado de dinero, contra la delincuencia organizada y exmagistrado del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, juramentado por la Asamblea Nacional en 2017. Es el venezolano más destacado a nivel mundial en Prevención de Delincuencia Organizada y es portador del Récord Guinness por la Clase Magistral más Prolongada sobre Delincuencia Organizada Transnacional.

Su caso es triste porque, tras años de exilio, decidió regresar a Venezuela en noviembre de 2024 para «resolver su situación jurídica». Al presentarse voluntariamente en los tribunales fue detenido y recluido en El Helicoide, una estructura gigante de concreto en forma de pirámide invertida, ubicada en la ciudad de Caracas, Venezuela.
Preso dos navidades

El frío en El Helicoide no es un clima, es un estado mental donde no se sabe cuando son las tres de la mañana o las cuatro de la tarde; allì, Alejandro ha compartido celda con otros presos durante dos navidades (2024 y 2025) y dos años nuevos (2025 y 2026) en medio del zumbido constante de los fluorescentes y el eco de las botas de los custodios de seguridad que transitan sobre el granito desgastado.

El Helicoide es un espacio que fue diseñado para ser un enorme centro comercial de lujo para el año 1950, pero ahora el aire que se percibe es de humedad, sudor rancio, miedo, y con el mismo sonido: el chirrido metálico de la reja, que no significa comida, ni recreo, sino incertidumbre.
La memoria, su único refugio
Para Alejandro la memoria es su único refugio, por lo que, al cerrar los ojos, trata de reconstruir sus recuerdos justo afuera de esa mole de cemento, donde está presente el ruido del tráfico, del grito de los buhoneros y del abrir y cerrar de las rejas de los calabozos, así como del transitar en la rampa infinita que sube en espiral y de donde en ocasiones se puede observar un fragmneto de Caracas, un pedazo del Avila verde y majestuoso, bañado por la luz del sol que inspira la tan deseada libertad.

El Juez que vive bajo la sombra
Alejandro conocía El Helicoide antes de pisarlo como prisionero. Lo conocía en los expedientes, en los testimonios de sus clientes y en las páginas de la ficción que él mismo había escrito. Pero entrar en ese recinto carcelario, donde el derecho es una palabra vacía, fue el acto final de una honestidad desesperada del jurista acostumbrado a defender la justicia en los tribunales y en las conferencias internacionales y académicas que lo han colocado como un lìder contra la delincuencia organizada y le dieron un récord Guinness.
El peso del exilio inverso
Lo más triste de este relato no es solo el encierro, sino la paradoja del regreso. Alejandro volvió a su paìs, Venezuela, buscando una paz legal. En el exilio tenía la libertad, pero le faltaba la Patria. En El Helicoide tiene el suelo patrio, pero acusado injustamente como traidor a la patria por haber sido nombrado como Magistrado del TSJ.

La pluma oscura
Alejandro ha escrito numerosos libros donde, en su mayoría, explora la corrupción y la persecución. Ahora, el autor se ha convertido en el protagonista de su propio drama. Ya su pluma tiene más tiempo, ese que se pasea en esa enorme pirámide, donde la humedad se siente como una neblina de concreto y en la penumbra de su celda, la tinta se ha vuelto lenta dentro de los muros fríos. Su tragedia es la de muchos: la creencia de que la verdad, por sí sola, puede servir de escudo en un lugar donde impera la fuerza.

«El derecho es un escudo», solía decir en sus clases. Pero en El Helicoide el escudo se ha vuelto de cristal. Su regreso no fue una rendición, sino un intento desesperado de demostrar que la justicia debería ser capaz de mirar a la cara a cualquier ciudadano.
Alejandro Rebolledo no es solo un nombre en un expediente; es un padre, un académico y un hombre que cree que la justicia es posible en su tierra. Después de años de exilio, decidió regresar a Venezuela, no para esconderse, sino para dar la cara.
Hoy, el autor de varios libros vive entre las paredes de El Helicoide. Hacer justicia no es encerrar a quien se presenta voluntariamente; es garantizar que las leyes se cumpan. Alejandro merece un proceso justo, salud y el respeto a su dignidad humana.
2026: La ironía del calendario
Es enero de 2026. Ha pasado más de un año desde aquel noviembre de 2024 cuando Alejandro, con la Constitución bajo el brazo y la frente en alto, decidió presentarse voluntariamente. Su error fue creer que la ley era un territorio seguro.

El primer diciembre (2024) fue el de la confusión, el del frío repentino y la esperanza de que «el error» se subsanaría pronto. El segundo diciembre (2025) ha sido el de la confirmación de la injusticia. Un mes donde la ausencia de la familia duele más que la falta de sol y donde cada mañana Alejandro se enfrenta a la misma pregunta: ¿Cuándo habrá justicia en mi caso?
Pero incluso allí, en el rincón más oscuro de El Helicoide, su dignidad permanece intacta. Podrán quitarle los años, el sol y la pluma, pero no pueden borrar el hecho de que él estuvo dispuesto a someterse a la ley.
El caso de Rebolledo al inicio de este 2026 nos recuerda que el olvido es el mayor aliado de la injusticia. Mantener su nombre vigente es la única forma de que los muros de El Helicoide no se vuelvan eternos.
antilavadodedinero


