El negocio del tráfico de drogas y el blanqueo de capitales es un negocio compartido. Organizaciones de ambos lados del Atlántico se reparten el botín. Hablamos de mafias mexicanas, colombianas, brasileñas, pero también de turcas, albanesas, italianas, coludidas con autoridades belgas, españolas, alemanas. El periodista Mauricio Hdez. Cervantes cuenta cuáles son los nombres de los clanes que ponen en jaque a la seguridad europea.
Y entonces apareció el barco. Solo que no era una embarcación cualquiera: era el United S, un mercante brasileño cargado de sal, pero que, en realidad, traía otra cosa. No muy lejos de las costas canarias, hace un par de semanas lo interceptaron. Lo tripulaban trece hombres; algunos eran nacionales de Camerún y otros de la India, y todos, sin saberlo, estaban empleados por una empresa transnacional invisible. Bajo la sal iba el gran botín: diez toneladas de cocaína. Esa ha sido una de las mayores incautaciones de los últimos años en Europa.
La detención la protagonizaron la Policía Nacional, la Armada y la DEA: todos juntos y dispuestos para la foto, pero este fenómeno se parece más al guion de una película que nunca termina. El polvo blanco, como siempre, viajaba oculto, protegido, esperando a ser convertido en millones de euros que financian al hampa internacional.
«Hablamos de más de veinte toneladas de cocaína decomisadas en las costas de Europa en los dos últimos meses; eso en las calles se traduce en aproximadamente 1.200 millones de euros»
Un mes antes, sucedió algo similar en Amberes (uno de los principales puertos europeos de entrada para la cocaína), solo que en vez de sal eran frutos tropicales y la cantidad era menor: siete toneladas. El mismo mes, pero un par de semanas antes, ocurrió lo mismo, solo que en Algeciras: cuatro toneladas fueron capturadas. Hablamos de más de veinte toneladas de cocaína decomisadas en las costas de Europa en los dos últimos meses; eso en las calles se traduce en aproximadamente 1.200 millones de euros. Si eso es lo que ha sido interceptado, ¿cuánto es lo que entrará sin ser detectado?, para después ser cortado y mezclado con vidrio molido, raticidas y talco, para finalmente venderse como pan caliente en discotecas, callejones, garitos y fiestas. Esa es la pregunta tan obligada como incómoda.
En el mundo tan polarizado en el que vivimos actualmente, resulta muy fácil —y conveniente— culpar al otro, al de fuera. Pero en el universo hampón, no funciona así, sencillamente porque el dinero sucio no entiende de fronteras, pues viaja con todos los pasaportes existentes. El fenómeno del crimen organizado global, ya desmenuzado, es de tal complejidad que toca a tantos nombres que resulta incomodísimo en los despachos de tantos gobiernos. Sin embargo, en esencia, es algo muy fácil de entender: si alguien de afuera vende droga en casa, es porque alguien de casa le abrió la puerta; y, si alguien abre esa puerta, es porque alguien más está de acuerdo que esa puerta permanezca abierta.
«La única ley y nación que conocen las mafias es la del dinero que no puede ser declarado a Hacienda»
Así es como hoy somos testigos de que las redes criminales se tejen más allá de las aduanas, más allá de las banderas. La única ley y nación que conocen las mafias es la del dinero que no puede ser declarado a Hacienda. Su forma de operar no es tan distinta a la de cualquier empresario o comerciante internacional: conseguir el producto (en países andinos, por lo general), coordinar la logística y el transporte (desde potencias de logística y transporte como México o Brasil), crear empresas (por supuesto, fantasmas para evadir controles), tener los contactos y las empresas en los mercados de distribución, repartir y, finalmente, cobrar.
La gran diferencia es que, en vez de mármol, sal o frutos tropicales, los grandes dividendos del comercio internacional para estas organizaciones salen de la venta de cocaína y otras drogas, un problema que se cobra la vida de seis mil europeos al año (cabe destacar que una de cada seis muertes por sobredosis en Europa está relacionada con la cocaína. En la Unión Europea, España es el país que más consume esta droga, pues, por lo menos, 13,3% de los españoles entre 15 y 64 años la ha probado, al menos, una vez).
Europa: un laboratorio multimodal para el hampa sin patria
Los cárteles latinoamericanos ya no cruzan el Atlántico como turistas, lo hacen como empresarios camaleónicos: la fachada es el modus operandi. Lo burdo de las reyertas o asesinatos por encargo parece más algo de otras latitudes; lo primordial, en Europa, es hacer (y blanquear) dinero.
En España, el Cártel de Sinaloa es un viejo conocido. Y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) es un nombre que se ha ido haciendo de un lugar importante en el mercado. Ellos ya no solo mandan cargamentos: ahora instalan cocinas y entrenan químicos, montan empresas de mármol para esconder droga, blanquean dinero sucio, etcétera. En Portugal, el Primeiro Comando da Capital (PCC), un cártel brasileño, se filtra por rutas africanas que están menos vigiladas y que son menos costosas. En Italia, los colombianos del Clan del Golfo se entienden con la ‘Ndrangheta como viejos socios que no necesitan hablar mucho. Holanda, mientras tanto, se convierte en el supermercado logístico del narco: Róterdam funciona como góndola, y Ámsterdam como caja registradora.
De acuerdo con la Agencia Europea de Drogas (EMCDDA) y la Global Initiative Against Transnational Organized Crime, son, aproximadamente, 12.000 millones de euros lo que deja la venta de cocaína en Europa cada año. Y son, según sus cálculos, 3.5 millones de europeos los que se meten ese polvo, tan hiperadictivo como tóxico, por la nariz.
Ahora bien, una vez llegada la droga a los puertos europeos, ¿quiénes se encargan del negocio en casa? Los clanes montenegrinos de Škaljari (con redes en España y empresas fachada) y Kavac (relacionados con cárteles mexicanos) se disputan rutas hacia la Europa occidental como si de una herencia familiar se tratara. En Alemania, el tráfico de narcóticos es sinónimo de los Miri Clan, un grupo turco (de origen mhallami) instalado en la nación teutona desde los años ochenta, que no ha tenido problema en cambiar de la heroína a la cocaína.
«En Londres, en Berlín, en Amberes, los albaneses ya no son migrantes, son proveedores. Kompania Bello, el Clan Dritan G. y la red de Klement Balili, son nombres de un mercado que también factura millones de euros»
En Londres, en Berlín, en Amberes, los albaneses ya no son migrantes, son proveedores. Kompania Bello (el clan de Dritan Rexhepi, un capo renombrado), el Clan Dritan G. y la red de Klement Balili, son nombres que suenan como marcas de un mercado que también factura millones de euros. Ellos controlan el polvo blanco queviaja desde Ecuador y Colombia, lo esconden en frutas, lo descargan en puertos que funcionan como supermercados ocultos. Por otra parte, los rumanos, todos asociados al Balkan Cartel, discretos, ofrecen transporte y lavado.
Un negocio eficiente y sin ideologías
Los cárteles latinoamericanos ya no conquistan (como en las series de Netflix), ahora se asocian. Pagan bien, hacen pocas preguntas, y entienden que el hampa europea no necesita de tantas balas ni machetes: del otro lado del charco basta con tener una empresa fachada y la garantía de un contenedor que no será revisado.
En España el mármol se convirtió en un disfraz. La Policía Nacional descubrió, como parte de la «Operación Saga», que una célula del Cártel de Sinaloa utilizaba ese material como máscara para esconder toneladas de metanfetaminas que viajaban desde México hacia España. Esas acciones policiales desmantelaron a la red hispanomexicana más grande en Europa para el tráfico de ese tipo de estupefacientes.
Nueve hombres fueron detenidos. La investigación, que data de 2024, fue dirigida por el Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional española. ¿Más detalles? En un búnker construido bajo el suelo, las autoridades españolas encontraron hasta tres millones de euros, y famosa es una estatua de Popeye (incautada en la primera fase de esa operación, en 2024) que viajaba rellena de droga.
A principios de diciembre fue detenido en el aeropuerto madrileño de Barajas, Alejandro Reynoso Jiménez, un traficante mexicano, considerado como uno de los principales traficantes de fentanilo a nivel mundial, cuyo nombre está asociado al Cártel de Sinaloa. Ahora mismo se encuentra en la cárcel de Soto del Real a la espera de ser extraditado a Estados Unidos, donde enfrenta cargos federales por narcotráfico (algo que le podría valer hasta dos cadenas perpetuas).
Se estima que era capaz de producir mil kilos de fentanilo al mes: gracias a sus contactos con farmacéuticas chinas, conseguía los insumos y luego fabricaba la droga en México. Y su detención ha abierto otra vía de investigación sobre España como el gran hub logístico del narcotráfico para Europa: por la piel de toro la droga entra, pero también se distribuye y se consume. Un negocio redondo.
Por otra parte, entrar en el tema italiano merecería una pieza aparte. Pero este tema no puede dejar fuera a los cuatro grandes nombres del crimen organizado de ese país: la ‘Ndrangheta, la Cosa Nostra, la Camorra y la Sacra Corona Unita. Además de ellos, hay, por lo menos, otros cinco grupos criminales de alto impacto —la Stidda (Sicilia), la Società Foggiana (Apulia), los clanes de Bari (Apulia) y las organizaciones de origen Sinti en Lazio como los Casamonica, Spada y Fasciani—, pero los primeros siguen siendo el referente en el hampa internacional.
«El dinero que antes se escondía en sótanos, ahora se blanquea en hoteles prémium de zonas costeras exclusivas, en constructoras o en restaurantes ostentosos»
Ellos aprendieron hace tiempo que el negocio del tráfico de droga no era solo suyo, y tuvieron que asociarse con los productores. Entendieron que, si el polvo blanco venía de Colombia, México, Bolivia y Perú, tendrían que apostar por un sistema de negocios más complejo. Y así lo hicieron: se convirtieron en socios de varios cárteles latinoamericanos. A partir de entonces, el dinero que antes se escondía en sótanos, ahora se blanquea en hoteles prémium de zonas costeras exclusivas, en constructoras, en restaurantes ostentosos. De esa manera, Europa se convirtió en mercado y en lavadero a la vez: los clanes italianos ponían la logística y los socios del otro lado del Atlántico el transporte y la mercancía. Y así fue como se construyó una economía paralela que se mide en toneladas de droga y millones de euros.
Finalmente, mientras que los gobiernos europeos se debaten entre la negación y la alarma, las cifras y las detenciones crecen.
Las incautaciones baten récords año con año. Los nombres cambian —Sinaloa, CJNG, Clan del Golfo, PCC, Škaljari, Kavac, Miri, Kompania Bello, etcétera—, pero la demanda no. Independientemente de la alianza, todos los actores en ese negocio saben que los dividendos no vienen de la violencia sino de la logística: saben que el poder, más que ostentarse, se factura. Todos saben que el crimen organizado en Europa ya no es un mito: es una estructura cuyo dinero todo lo toca. Y, sobre todo, que las organizaciones latinoamericanas, lejos de ser invasoras, son los socios de un sistema que los recibe con los brazos abiertos, siempre y cuando tengan buena mercancía y no hagan demasiado ruido.
Por: Mauricio Hernández Cervantes. Periodista y escritor


