El presidente Donald Trump impuso desde el primer día de su segundo mandato una renovada atención de EE.UU. en América Latina como no se veía en décadas, en un giro estratégico que opta por el garrote antes que la zanahoria, frente a una región que encuentra dificultades para presentar una respuesta sintonizada.
El cambio está marcado por las deportaciones masivas, una confrontación con líderes regionales no alineados con Washington, un fuerte acercamiento a gobernantes con sintonía ideológica, la intervención en procesos electorales, los ataques a supuestas embarcaciones de narcotráfico en el Pacífico y el Caribe y las amenazas directas al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
Luego de décadas en las que la atención de Washington estuvo concentrada en Europa, Medio Oriente y Asia, la Casa Blanca revitalizó, a través de la práctica y de su nueva doctrina de seguridad nacional, la Doctrina Monroe, que demarca su zona de influencia y sobre la que Trump busca construir su propio corolario, cuando China ya se convirtió en el principal socio comercial de Sudamérica.
Desde la elección como secretario de Estado de Marco Rubio, considerado un halcón en su visión sobre los gobiernos de izquierda de América Latina, al rápido desmantelamiento de USAID, una agencia clave para la asistencia exterior, la Casa Blanca dejó claro la forma en la que se aproximaría a la región en los meses siguientes. Hasta ahora, solo recibió a un líder latinoamericano en el Despacho Oval, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, mientras que otros solo consiguieron breves reuniones, como el presidente de Argentina, Javier Milei, o el de Ecuador, Daniel Noboa.
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